GC Williams y la máquina que hace ¡ping!

Por Ángel Baltanás

El pasado 8 de septiembre falleció en Stony Brook (NY) uno de los principales referentes de la ecología evolutiva de la segunda mitad del siglo XX: George Cristopher Williams.

George C Williams (1926-2010)

Nacido en Charlotte (North Carolina, EEUU) el 12 de Mayo de 1926, GC Williams se graduó en zoología en la Universidad de California, Berkeley en 1949, y obtuvo Máster (1952) y Doctorado (1955) por la Universidad de California, Los Angeles (UCLA). Tras un año como post-doctoral en la Universidad de Chicago (donde, según él mismo confesó, su trabajo era estrictamente docente) se trasladó a la Michigan State University donde ejerció como profesor ayudante. Finalmente, ya en 1960, vino a recalar en la State University of New York (SUNY) en Stony Brook, institución a la que ha permanecido vinculado durante cincuenta años, los últimos veinte como Profesor Emérito de Ecología y Evolución.

Pensador riguroso y metódico, su libro ‘Adaptation and Natural Selection: A Critique of Some Current Evolutionary Thought’ (Princeton University Press, 1966) es uno de los hitos en la historia del pensamiento evolutivo. En este libro, Williams hace un repaso razonado de los presupuestos y consecuencias de la selección Darwiniana que le permiten explicar la evolución sin necesidad del concurso de la selección de grupo, concepto en boga en ese momento a raíz de las propuestas de VC Wynne-Edwards (recogidas en su libro ‘Animal Dispersion in Relation to Social Behaviour’ Oliver & Boyd, 1962). Curiosamente, y aunque habitualmente se presenta ‘Adaptation and Natural Selection’ como la reacción de Williams ante el éxito de las ideas de Wynne-Edwards, el propio Williams ha comentado que tuvo conocimiento del libro de Wynne-Edwards sólo después de haber elaborado la mayor parte de su hoy célebre obra (cuyo manuscrito, aunque finalmente publicado en 1966, fue remitido a la editorial a finales de 1963), y que las referencias al trabajo de Wynne-Edwards se incorporaron a la versión definitiva del libro en una revisión avanzada del mismo. Más parece que buena parte del estímulo para escribir esta lúcida digresión sobre la evolución tiene su origen en su disgusto con muchas de las ideas que sobre el tema mantenía Alfred E. Emerson (1896-1976), ilustre especialista en termitas y respetada autoridad en biología evolutiva, al que tuvo la oportunidad de escuchar en numerosas ocasiones durante su estancia en la Universidad de Chicago [‘Si era biología lo que Emerson presentaba, más me valdría haberme dedicado a la venta de seguros’].

En ‘Adaptation and Natural Selection’, además de atacar la teoría de selección de grupo en su línea de flotación, Williams centra la atención en el gen como sujeto de selección, sentando así las bases del ultra-darwinismo que sería posteriormente desarrollado por John Maynard Smith y Richard Dawkins. Este último recuerda que ‘la esencia de El Gen Egoísta, que fue publicado en 1976, se encuentra en un par de párrafos del libro de Williams”.

Un asunto que quedó pendiente de examen en su libro ‘Adaptation and Natural Selection’ es el que se refiere a la existencia y prevalencia de la reproducción sexual. Y es a ese tema al que dedica su siguiente libro, “Sex and Evolution” (1975). Publicado como el volumen 8 de la prestigiosa serie Monographs in Population Biology de la Universidad de Princeton (serie que inició y de la que fue editor hasta su temprana muerte RH MacArthur), este libro, como la mayoría en la colección, no pretende ser una revisión completa y equilibrada del tema sino una visión personal del mismo. El propio Williams reconoce que el tema incluye un montón de complicaciones que no fue capaz de apreciar en su momento —y que fueron abordadas y en gran medida resueltas por J Maynard Smith y Bill Hamilton—. Aun así, el libro sigue siendo una magnífica introducción al tema, en buena medida gracias al estilo literario y a la consistente estructura lógica que utiliza Williams.

Su siguiente libro, ‘Natural Selection: Domain, Levels, and Challenges’ (Oxford University Press, 1992), discute la existencia de dos dominios o ámbitos de trabajo de la biología evolutiva: la materia y la información. Es interesante descubrir aquí alguna de sus (pequeñas) discrepancias con Dawkins al considerar a los genes no tanto como agentes materiales sino como contenidos de información: ‘La molécula de ADN es el medio, no el mensaje’, dice Williams. Se desvanece así la posibilidad de discutir qué nivel de selección, el individuo o el gen, son los pertinentes para el análisis evolutivo ya que pertenecen a dominios distintos, el primero es un objeto material mientras el segundo es un paquete de información. Además de explayarse sobre estas cuestiones, Williams emplea su habitual estilo lacónico y nada servil con la ortodoxia para revisar numeroso tópicos de la teoría evolutiva: selección natural, historicidad, el concepto de especie, los niveles de selección, la paradoja del lek o el dilema de Haldane (entre otros).

Poco después Williams traslada sus ideas evolutivas al campo de la investigación, la práctica y la enseñanza de la medicina al publicar, junto con el psicólogo RM Nesse, el estimulante libro “Why we get sick: the new science of Darwinian medicine” (Vintage Books, 1994). La lógica Darwinista se aplica aquí a la descripción de nuestro cuerpo y mente para facilitar así un marco conceptual en el que entender la naturaleza de la enfermedad y diseñar una práctica clínica efectiva. ‘En veinte o treinta años los estudiantes de medicina estarán estudiando sobre selección natural, y sobre cosas como el equilibrio entre mutaciones desfavorables y selección’, afirma Williams.

Finalmente, en su ‘Plan and Purpose in Nature’ (Weidenfled & Nicholson, 1996) Williams ofrece al lector no especializado una revisión actualizada sobre el pensamiento evolutivo y una firme defensa del programa adaptacionista. El texto usa abundantes ejemplos de la ecología evolutiva del ser humano, extendiéndose sobre algunos de los tópicos más queridos por Williams, el sexo y la senescencia. También presenta, de manera resumida y comprensible, sus ideas sobre los dominios de la existencia que ya había elaborado en su libro ‘Natural Selection: Domain, Levels, and Challenges’ o su propuesta de una medicina Darwinista.

No cabe duda que, aunque muchas ideas y argumentos de la obra de Williams son discutidos (como debe serlo cualquier conocimiento científico), su influencia en la biología evolutiva de la segunda mitad del siglo XX está más allá de cualquier debate. Nombrado ‘Ecólogo Eminente’ de la Ecological Society of America (ESA) en 1989; miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias en 1990; miembro de la US National Academy of Sciences en 1993; y ganador en 1999, junto a John Maynard Smith y Ernst Mayr, del prestigioso premio Crafoord de la Real Academia Sueca (el Nobel de las disciplinas que no tienen Nobel), GC Williams es una de las principales figuras de la biología evolutiva.

De lo expuesto hasta este punto podría pensarse que la trayectoria profesional de GC Williams no es sino la habitual en eso que podemos denominar los ‘popes’ de las Ciencia; y que los libros reseñados no son sino la punta del iceberg, el compendio elaborado de las ideas que el autor desarrolló—posiblemente de manera parcial y fragmentaria— en decenas de trabajos publicados en revistas científicas de esas que denominamos de gran impacto. Pero la realidad es bien distinta, y también una lección para aquellos que viven más pendientes de rankings e índices de impacto, de ‘colocar’ el trabajo en alguna revista de prestigio, o de ‘atomizar’ los resultados obtenidos para producir el mayor número de publicaciones posibles. Ni el curriculum de GC Williams está tachonado de abundantes publicaciones en revistas de impacto, ni se construye (lamentablemente) sobre una sucesión de proyectos de investigación jugosamente financiados. Como recuerda su amigo (y rival científico) el paleontólogo Niles Eldregde, cuan diferente era la realidad: “Cuando lo visité en Stony Brook a mediados de los ’80, me dijo que le estaba resultando duro conseguir financiación para su investigación. ¡Y yo no podía creerlo!”.

Y es aquí donde vengo a recordar el viejo (pero actual) gag de Monty Python. En el paritorio de un centro hospitalario se produce la siguiente conversación:

—   (Doctor 1) Esto parece un poco vacío hoy, ¿no?

—   (Doctor 2) Sííí.

—   (Doctor 1) Enfermera, por favor, más aparatos.

—   (Enfermera) Sí, doctor.

—   (Doctor 1) Perfecto, traiga el equipo de encefalografía, el monitor de presión sanguínea, y el ecógrafo, por favor.

—   (Doctor 2) Y traiga la máquina que hace ¡Ping!

—   (Doctor 1) Sí, consiga las máquinas más caras, no vaya a ser que venga el administrador.

(Monty Python “El Sentido de la Vida”)

Cuántos científicos (veteranos y noveles) hay como esos personajes, más preocupados en disponer y lucir la máquina que hace ¡ping! que de desarrollar el conocimiento científico a la manera sincera, rigurosa, tenaz y honesta de George C Williams.

Este tipo es oro puro
(Niles Eldredge sobre GC Williams)

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2 Responses to GC Williams y la máquina que hace ¡ping!

  1. edubloguam dice:

    Muy bueno, Ángel, aunque hay que reconocer que muchas de esas máquinas que hacen ‘ping’ también nos permiten preguntarnos (y, a veces, resolver) cuestiones que están vedadas sin ellas. Por ejemplo, las técnicas de análisis de isótopos del N y C, los estudios de marcadores moleculares, los nuevos métodos estadísticos (p.e., modelos GLM, GAM, mixtos, etc) o la evolución de los materiales y capacidades de SIG y teledetección se pueden considerar también máquinas que hacen ¡ping! porque pueden resultar muy efectistas, pero con ellas se están abordando nuevas preguntas en ecología o bien viejas preguntas con nuevos métodos. En mi opinión, se merecen al menos el beneficio de la duda, aún sin aceptarlas, a ellas y sus resultados, acríticamente.

    Javier Seoane

    • edubloguam dice:

      Gracias, Javier, por tu comentario. Parece que no he sido capaz de transmitir adecuadamente el mensaje que pretendía pues tu atención (tu reacción, al menos) se ha dirigido a un elemento colateral del discurso y no al núcleo del mismo, que no es sino el recuerdo de la figura de GC Williams y su relevancia en el ámbito de la Biología Evolutiva. No obstante aprovecho la circunstancia para comentar, si me lo permites, algunos de tus asertos. Decir, en primer lugar, que estoy completamente de acuerdo contigo. ¿Cómo no iba a estarlo? Y es que mi argumento inicial no lo era en contra de la incorporación de nuevas tecnologías y herramientas en el quehacer científico (¡aun no estoy tan perturbado!). Mi comentario se refería a la injustificada preeminencia que a menudo se concede a dichas ‘tecnologías’ (especialmente cuando son caras, complejas y están manos de unos pocos) frente a lo que entiendo sigue siendo la fuente fundamental del conocimiento científico, el talento y el rigor intelectual. Y es en ese sentido que la obra de GC Williams, y su indudable influencia, resultan ejemplares.

      [Apostilla 1: jamás consideraría ‘máquinas que hacen ¡ping!’ algo que, como los ‘nuevos’ modelos estadísticos que mencionas, puede realizar uno en su propia casa con un ordenador personal y software gratuito. Contar los pelos de una mosca requiere de infraestructura más sofisticada que realizar un GLM.]

      [Apostilla 2: otro ejemplo bien reciente del valor del talento y, porqué no, de la relajación de la tecno-dependencia es el de los recientes premios Nobel de Física (Andre Geim y Konstantin Novoselov). Donde otros fracasaron empleando sofisticadas herramientas, ellos triunfaron usando cinta adhesiva.]

      Ángel Baltanás

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