A barriga llena, corazón contento

Por Ángel Baltanás

Los antiguos egipcios consideraban que la esencia del ser humano, su alma, residía en el corazón. Es por ello que el proceso de embalsamamiento retiraba del cuerpo mortal todas las vísceras (el cerebro era extraído a través de las fosas nasales) salvo el corazón. Posteriormente, el músculo cardíaco ha mantenido una cierta preeminencia entre los restantes órganos como depositario de la bondad (“de gran corazón”), la sinceridad (“con el corazón en la mano”), y fuente de todo sentimiento (“lo que de la boca sale, del corazón procede”). Pues bien, quizás sea el momento de ir cambiando nuestros esquemas y conceder a otros órganos (y a los procesos a ellos asociados) la importancia que hasta ahora les negamos.

Este parece ser el caso del sistema digestivo, o al menos eso es lo que sugieren algunas recientes investigaciones. Así, Sharon y col. (PNAS (2010) 107: 20051-20056) han puesto de manifiesto el papel que las bacterias ‘estomacales’ juegan en las relaciones amorosas (léase ‘preferencias para el apareamiento’) en las moscas del vinagre (Drosophila melanogaster). Una población inicial de moscas fue separada en dos grupos, cada uno de los cuales se mantuvo en distintos medios de cultivo hasta producir una nueva generación de moscas. Vueltas a juntar, las moscas mostraron preferencia a aparearse con aquellas otras moscas que se habían criado con su mismo medio. Es importante resaltar que las preferencias sesgadas se manifestaban ya en la primera generación y permanecían durante al menos ¡37 generaciones!. Puesto que este efecto desaparecía al tratar a las moscas con antibióticos, se dedujo que estaba mediado por las bacterias, hipótesis que pudo confirmarse al reinfectar a las moscas con la microbiota obtenida de sus propios medios de cultivo. Al parecer, las bacterias simbióticas pueden alterar las preferencias de apareamiento al modificar los niveles de las feromonas sexuales, evidencia que se utiliza para apoyar la teoría hologenómica de la evolución. Esta teoría que no hace sino identificar al holobionte (=el individuo hospedador más todos los microorganismos asociados a él) como la unidad de selección del cambio evolutivo.

Claro que, al fin y al cabo, estas observaciones se refieren a unos organismos interesantes pero filogenéticamente alejados de nosotros. ¿Ocurrirá algo parecido en los humanos y sus preferencias? No dispongo de información pertinente al respecto pero lo que sí puedo incluir aquí es otra referencia, otro artículo recomendado que viene a analizar las relaciones existentes entre la flora intestinal de diversos simios, humanos incluidos. En un trabajo publicado el pasado mes de Noviembre en PLoS Biology (vol 8, no. 11; 2010), Ochman y cols. analizaron las comunidades microbianas existente en el extremo distal del tracto digestivo de varias especies de grandes simios (incluyendo gorilas, bonobos, tres subespecies de chimpancés, y dos humanos de continentes distintos). El resultado no deja de ser sorprendente pues las comunidades bacterianas identificadas no parecen estar relacionadas con las dietas de cada uno de los hospedadores sino con sus relaciones filogenéticas. Dicho de otra forma, no son las distancias geográficas ni la variabilidad ambiental los determinantes de la comunidad microbiana existente en el extremo del intestino de los grandes simios, sino la historia evolutiva de sus respectivos linajes.

Estas interesantes observaciones, sin embargo, no implican la ausencia de variabilidad en las comunidades de microorganismos simbiontes en los humanos.

¿Determinará dicha variabilidad nuestras preferencias para el apareamiento? Aun está por estudiar, pero quizás deberíamos empezar a preocuparnos más por nuestra dieta. El “Somos lo que comemos” puede mutarse en “Ligamos según lo que comemos”. Y las consecuencias pueden ser más graves de lo que imaginamos. O si no que se lo cuenten a los Ibis blancos americanos (Eudocimus albus) que han estudiado recientemente Peter Frederick y Nilmini Jayasena (Proc. R. Soc. B; publicado online doi: 10.1098/rspb.2010.2189). Estos investigadores han mostrado como la exposición crónica al metilmercurio (la forma más tóxica y biológicamente disponible de mercurio) a través de la dieta provoca en estas aves una modificación de sus patrones de apareamiento (se incrementa la formación de parejas macho-macho que afecta hasta a un 55% de los machos) y una consiguiente reducción del 30% en la producción de huevos. Aunque todavía se desconocen los mecanismos responsables de este efecto mediado por la presencia de mercurio, este caso no hace sino subrayar la existencia de complejas influencias sobre los siempre fundamentales, y muchas veces delicados, procesos reproductivos de los organismos.

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