Es una especie amenazada, sí, pero ¿más de lo que cabría esperar?

Por Javier Seoane

(una versión más breve de esta entrada se puede consultar en la UCCUAM gazzete)

Un equipo de investigadores pertenecientes al grupo de Ecología Terrestre de la UAM, al Museo de Ciencias Naturales (CSIC) y a la organización no gubernamental SEO/BirdLife ha propuesto un modelo que explica el grado de amenaza de las especies de acuerdo a sus características ecológicas.

Paisaje árido en Fuerteventura

En la naturaleza las especies difieren mucho en cuanto a su abundancia y su área de distribución: unas pocas son abundantes y están muy extendidas mientras que la mayoría son escasas, incluso raras, y se encuentran en un número de lugares reducido [1]. En la búsqueda de una explicación a estos patrones, los ecólogos han descubierto que algunas características de las especies pueden dar cuenta (en parte) de ellos. Por ejemplo, se sabe que las especies que toleran un mayor rango de condiciones ambientales tienden a estar presentes en un mayor número de localidades, o que hay una relación inversa entre el tamaño de las especies y el número de individuos que componen sus poblaciones (los pequeños son numerosos, los grandes no) [2-3].

Lamentablemente, las actividades humanas contribuyen frecuentemente a reducir la abundancia y distribución de las especies, incrementando así la probabilidad de que se extingan al enfrentarse a catástrofes naturales, enfermedades o la simple mala suerte que, por ejemplo, les puede llevar a encadenar varios años ‘malos’ de reproducción [4].  La extinción es solo de carácter local si existen más individuos de la misma especie en otras áreas geográficas, desde donde pueden recolonizar aquella de la que desaparecieron sus congéneres. Es más grave –por irreversible—cuando afecta a todos los individuos que componen una especie. Esta situación es particularmente problemática en aquellas que se originaron en un sistema insular y hoy solo ocupan algunas, o con suerte todas, las islas del archipiélago. En estos casos la desaparición de una especie en una isla puede suponer una pérdida irreversible de biodiversidad [5].

El sistema más extendido que estima el riesgo de extinción tiene en cuenta el tamaño del área de distribución de las especies, su abundancia en número de individuos y su tendencia poblacional, de forma que las especies más amenazadas son las que están presentes en pocos lugares, que tienen un pequeño número de ejemplares y han seguido un decremento poblacional en los últimos años [6]. El grado de amenaza se resume en unas pocas categorías y se divulga en ‘listas (o libros) rojos de conservación’. Los gobiernos con competencias ambientales toman en consideración, o no, estas listas, añaden criterios políticos y de otro interés antrópico, y  elaboran sus ‘catálogos de especies amenazadas’, que ya tienen carácter normativo. Un problema de gestión  acuciante en sistemas insulares es que, en virtud de su naturalmente pequeña área de distribución y escasez, muchas especies que viven en islas se meten en el mismo cajón reservado a los grados de amenaza más elevados. Al abrirlo, los gestores del medio natural se sienten abrumados por la gran cantidad de especies que deben sacar de ahí y llevarlas a ese otro cajón con la etiqueta de ‘no amenazadas’. Pero ¿cuál sacar primero? [7]

En el estudio sobre las aves terrestres canarias que da lugar a esta entrada [8], se propone un sencillo modelo para evaluar la amenaza de las especies, basándose en los tres componentes habituales (área de distribución, número de individuos y tendencia poblacional) más el grado de singularidad (si habita solo un archipiélago o se comparte con el continente). Este modelo proporciona una descripción continua del riesgo de pérdida de biodiversidad, es decir, pone en fila a las especies según su grado de amenaza en vez de introducirlas todas en un mismo cajón. Así por ejemplo, el cuervo (Corvus corax subsp. tingitanus) y el pinzón azul de Tenerife (Fringilla teydea subsp. teydea) estaban acumulados en el mismo cajón de especies en peligro tanto en el libro rojo como en el catálogo normativo vigente en la fecha de publicación del artículo [9], pero se encuentran bien separados en la ominosa fila de amenaza: el cuervo está varios cuerpos por delante del pinzón.

El estudio muestra también como el riesgo de pérdida de biodiversidad se relaciona con las características ecológicas de las especies, de forma que aquellas que alcanzan mayores densidades, son capaces de vivir en más hábitats y toleran los ambientes urbanos están en el extremo poco preocupante de la fila de amenaza, opuestas y lejanas a las especies escasas y ligadas a los ambientes agrícolas, en declive en las islas Canarias. Las relaciones de parentesco también influyen, pues unos grupos taxonómicos tienden a ser más vulnerables que otros.  En suma, el estudio reconoce que parte del grado de amenaza de una especie tiene un origen natural, por lo que las actividades de conservación sería mejor enfocarlas en las especies que son más raras de lo que cabría esperar dadas sus características. Por ejemplo, parecería normal que en Canarias solo existieran unas decenas de parejas de una especie grande, como el guirre (Neophron percnopterus), pero esa misma o similar cantidad sería un motivo de alta preocupación si los detentara otra especie más pequeña, de la que se esperaría que fuera abundante, como el pinzón azul de Gran Canaria (Fringilla teydea subsp. polatzeky).

Este modelo es en parte coherente con las categorías de amenaza dadas por el catálogo normativo y el libro rojo, aunque revela que en estos documentos ni están todas las que son, ni son todas las que están. Esto es así porque ninguno de esos documentos considera las tendencias poblacionales (o si lo hacen esto no se manifiesta en sus resultados) y por una tendencia a sobrevalorar las especies propias de las islas pero localmente abundantes (como las palomas de la laurisilva, Columba bollii y C. junoniae). Otras especies parecen desatendidas, como la abubilla (Upupa epops) y el gavilán (Accipiter nisus), que son más escasas de lo que cabría esperar para ellas según sus características. Unos pocos cambios en las categorías harían que estos listados tuvieran una mayor base ecológica.

Los grupos taxonómicos y las áreas geográficas en los que se evalúa la amenaza de las especies son muy variados y, con el tiempo, las especies cambian su estado de conservación y los catálogos y listas se van modificando. Sin embargo, el estudio que aquí se divulga va más allá de ser una mera aplicación de un modelo a un contexto local. Su mensaje más importante es que el análisis de las características naturales de las especies debería subrayarse en los ejercicios de estimación de su grado de amenaza y en el establecimiento de prioridades de conservación.

Referencias bibliográficas

[1] Gaston, K. J. & Blackburn, T. (2000). Pattern and process in macroecology. Oxford, UK: Blackwell Science.

[2] O’Grady, J. J., Reed, D. H., Brook, B. W. & Frankham, R. (2004). What are the best correlates of predicted extinction risk? Biol. Conserv., 118: 513-520

[3] Cardillo, M., Mace, G. M., Gittleman, J. L., Jones, K. E., Bielby, J. & Purvis, A. (2008). The predictability of extinction: Biological and external correlates of decline in mammals. Proc. R. Soc. B-Biol. Sci., 275: 1441-1448.

[4] Pimm, S., Raven, P., Peterson, A., Sekercioglu, C. H. & Ehrlich, P. R. (2006). Human impacts on the rates of recent, present, and future bird extinctions. Proceedings of the National Academy of Sciences, 103: 10941-10946.

[5] Williamson, M. H. (1989). Natural extinction on islands. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 325: 457-468.

[6] Se trata de el sistema de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

[7] Martín, J. L. (2009). Are the IUCN standard home-range thresholds for species a good indicator to prioritize conservation urgency in small islands? A case study in the Canary Islands (Spain). Journal for Nature Conservation, 17: 87-98.

[8] Seoane, J., Carrascal, L.M. & Palomino, D. (2011). Assessing the ecological basis of conservation priority lists for bird species in an island scenario. Journal for Nature Conservation,  19:103-115.

[9] Una de las variables que resultaron más importantes en el modelo, la densidad ecológica máxima, se obtuvo mediante censos propios realizados entre 2002 y 2007. En el trabajo se compararon los resultados del modelo con el Libro Rojo de las Aves de España (Madroño et al. 2005), con el catálogo canario de especies amenazadas vigente desde 2001 y la revisión que se propuso en 2005 (Martín et al. 2005). En junio de 2011, cuando el artículo ya llevaba casi un año en proceso de revisión y estaba a pocas semanas de su aceptación definitiva, se publicó el nuevo y polémico catálogo canario de especies amenazadas (BOC 2010). En el sentido de la estricta comparación con un documento oficial, nació ya obsoleto. Esto no resulta fundamental pero, huelga decirlo, no hace ni pizca de gracia a los esforzados autores de ningún artículo.

BOC (Boletín Oficial de Canarias) 2010. LEY 4/2010, de 4 de junio, del Catálogo Canario de Especies Protegidas. BOC 112, 09/06/2010, 15200-15225.

 Madroño, A., González, C. & Atienza, J. C. (2005). Libro Rojo de las aves de España. Madrid: Dirección General de Conservación de la Naturaleza-SEO/BirdLife.)

 Martín, J. L., Fajardo, S., Cabrera, M. A., Arechavaleta, M., Aguiar, A., Martín, S. & Naranjo, M. (2005). Evaluación 2004 de especies amenazadas de Canarias. Tenerife: Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio, Gobierno de Canarias.

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